Evolución de la Educación Inicial en la enseñanza de la lectura y escritura
Desde su surgimiento, la educación preescolar estuvo dirigida a
entrenar a los niños y las niñas, de una manera casi compulsiva, en la
adquisición de la lectura y escritura durante largas horas. Se conocía
poco respecto al desarrollo y a las diferencias individuales de niños y niñas.
Como consecuencia de ello, se enseñaba a todos por igual desde que
ingresaban a la educación preescolar.
Alrededor
de los años 20, con el surgimiento de la Psicología del Desarrollo, surgió
la idea de no forzar al niño, sino esperar hasta que estuvieran presentes
las condiciones necesarias para aprender. Es así como comienza
el desarrollo de las listas de prerrequisitos para el aprendizaje de la
lectura y la escritura, y la importancia de su evaluación para definir el
momento preciso en que el niño está maduro para el aprendizaje. Sin
embargo, a pesar de estas consideraciones, muchos de los niños y las niñas
fracasaban en el aprendizaje de la lectura. (Universidad Nacional Abierta,
1994)
Para
Solé (2001), la versión de los prerrequisitos se apoya en una
explicación acumulativa del aprendizaje, según la cual es posible
establecer, para los aprendizajes más complejos, un conjunto de
aprendizajes supuestamente vinculados a éstos, y cuya consecución es
requisito imprescindible para llegar a aquél. Estas ideas justificaban la
práctica de actividades de prelectura, cuya vinculación con el proceso de
lectura es casi siempre imposible de demostrar; conducen también a
encontrar explicaciones pintorescas para las previsibles dificultades de
los alumnos en su encuentro con la lectura y a la propuesta de
aprendizajes básicos a los que se considera, casi siempre
injustamente, responsables del aprendizaje poco satisfactorio.
Desde la década de los años 60, comienzan a definirse dos posiciones en la educación preescolar respecto a la enseñanza de la lectura y escritura en este nivel. La primera hace énfasis en la ejercitación de habilidades que se consideran prerrequisitos para su aprendizaje, propone conducir al niño hacia la madurez en estas áreas antes de iniciarlo en la enseñanza formal de la lengua escrita. La segunda postula que la adquisición de la lectura y la escritura dependerá de la eficacia de los procedimientos utilizados por el maestro, la iniciación del aprendizaje de estos procesos no debe realizarse en un momento especial, ya que cuanto más manipula y experimenta un niño con material impreso más rápidamente podrá entender la significación de éste. Dichas posiciones, con respecto a la enseñanza de la lectura en las primeras etapas de la escolaridad, pertenecen a una visión reduccionista y restrictiva que concibe la lectura como un mero proceso de traducción de códigos, incompatible con la imagen de un alumno activo, y de una enseñanza cuya misión es favorecer y estimular el desarrollo. (Solé, 2001) Hoy en día, la programación escolar de este nivel ha pasado de ser una serie de actividades sin secuencia y sin planificación a ser un campo de la educación, lo que ha generado un conjunto altamente estructurado de métodos, técnicas y actitudes pedagógicas que benefician al niño y a la niña.


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